El deseo es una de las fuerzas fundamentales que movilizan la existencia humana. Su etimología nos da pistas sobre su esencia paradójica: la palabra deseo proviene del latín desiderare, que a su vez deriva de sidus (estrella). En su origen, desiderare hacía referencia a la ausencia de los astros, al anhelo de lo que se ha perdido en el firmamento. Así, el deseo se configura desde su raíz lingüística como una falta, como el anhelo de algo que no está presente¹.
El deseo no es solo un impulso, sino una ausencia estructural: anhelamos lo que nos falta y, al hacerlo, nos constituimos como sujetos.
Esta noción de carencia ha sido interpretada de formas diversas en distintas tradiciones filosóficas, científicas y espirituales. En el psicoanálisis, Lacan sostiene que el deseo no es algo que nos pertenezca completamente, sino que se estructura en función del deseo del otro². En la filosofía existencialista, Sartre ve el deseo como un motor de la libertad, pero al mismo tiempo como una condena: el sujeto desea para afirmarse, pero nunca logra satisfacción plena. En la tradición budista, el deseo –tanha- es la raíz del sufrimiento, pues nos encadena a la insatisfacción perpetua⁴. Desde la neurociencia, el deseo se relaciona con la dopamina y los circuitos de recompensa, explicando su carácter compulsivo y su papel en la motivación humana.
En el pensamiento lacaniano, el deseo del sujeto está mediado por el deseo del otro. No deseamos de manera autónoma, sino que aprendemos a desear a través de la mirada ajena². Esta estructura se origina en la infancia, cuando la madre o el padre se presentan como los primeros grandes referentes del deseo. Desde el nacimiento, el niño busca inscribirse en el deseo de sus cuidadores, intentando captar su atención, su aprobación y su amor. De esta manera, el deseo del otro se convierte en un espejo donde el sujeto se reconoce y se aliena al mismo tiempo.
No hay deseo sin el otro: desde la infancia, aprendemos a desear a través de la mirada de quienes nos rodean.
Sin embargo, el otro no es únicamente la madre o el padre. Existe un “gran Otro”, una instancia simbólica que excede a las figuras individuales y que se configura a nivel cultural y social³. Este gran Otro es el lenguaje, las normas, las instituciones y los valores que heredamos. No podemos existir fuera de esta estructura simbólica: nuestro nombre nos es dado, nuestras primeras palabras están predefinidas por una lengua que no inventamos, y nuestras aspiraciones están mediadas por los discursos culturales en los que nacemos.
Este gran Otro se expresa en las expectativas sociales sobre quiénes debemos ser, qué caminos son legítimos y cómo debemos desear. Es por eso que muchas personas sienten que su vida no les pertenece del todo, que están siguiendo un guion que no escribieron, pero que aun así deben interpretar. La terapia, en este sentido, no solo es un espacio de reflexión individual, sino también un lugar donde cuestionar la influencia de estos discursos y comenzar a diferenciar el deseo genuino del deseo impuesto.
Es paradójico que, cuando el sujeto se encuentra atrapado en el deseo del otro, iniciar una terapia impulsada por una exigencia externa—por ejemplo, una figura materna—pueda generar resistencia. La terapia, en principio, parece ser una extensión de esa red de deseos ajenos en la que el sujeto ha crecido. Sin embargo, es justamente en el proceso terapéutico donde puede producirse una ruptura. A través del cuestionamiento y la confrontación con la propia historia, el individuo tiene la oportunidad de reformular su identidad y redescubrir qué es lo que verdaderamente desea.
A veces, el primer paso para diferenciar nuestro deseo del deseo del otro es permitirnos dudar sobre quiénes creemos que somos.
Carl Rogers enfatiza la importancia de la aceptación incondicional en terapia⁴. Mientras que en la vida cotidiana el individuo está atrapado en un sistema de expectativas—intentando ser lo que sus madres o padres, la sociedad o sus relaciones esperan—, el espacio terapéutico es radicalmente distinto. Aquí, la persona es acogida sin condiciones, sin exigencias, sin la necesidad de encajar en un molde. Esta experiencia de ser aceptado sin restricciones permite que el individuo se encuentre consigo mismo fuera del marco del deseo del otro, construyendo una identidad más genuina y autónoma.
La terapia es el único espacio donde podemos existir sin la necesidad de satisfacer las expectativas de nadie más.
El camino hacia la autonomía emocional implica reconocer la influencia del deseo del otro y aprender a diferenciarlo de los propios anhelos. La terapia es un proceso de emancipación en el que el individuo deja de repetir guiones heredados y comienza a escribir su propia historia. Si bien nunca podemos salir completamente del entramado simbólico del gran Otro, sí podemos modificar nuestra posición en él, eligiendo conscientemente cómo queremos habitarlo.
1 Cohen, M. Historia y evolución del lenguaje. Madrid: Alianza Editorial, 1999. La raíz latina desiderare proviene de sidus (estrella), lo que sugiere una conexión con la noción de pérdida y anhelo. En la navegación antigua, la ausencia de estrellas en el cielo era una señal de desorientación, lo que metafóricamente vincula el deseo con la falta de un punto de referencia y la búsqueda de algo que no está presente.
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2 Lacan, J. El seminario. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós, 1981. Lacan describe cómo el deseo del sujeto se constituye en relación con el deseo del otro. Su concepto de la falta (manque-à-être) explica que el sujeto se estructura en torno a lo que le falta, y que esta falta es lo que lo empuja a desear.
3 Žižek, S. El sublime objeto de la ideología. Buenos Aires: Siglo XXI, 2003. Slavoj Žižek retoma el concepto lacaniano del Gran Otro y lo vincula con las estructuras ideológicas que configuran la realidad social. Según Žižek, el Gran Otro no es solo un marco simbólico, sino una red de significantes que regulan lo que es aceptable, deseable y posible dentro de una cultura.
4 Rogers, C. El proceso de convertirse en persona. Barcelona: Paidós, 2003. Carl Rogers plantea que la terapia humanista debe ofrecer un espacio de aceptación incondicional. A diferencia del mundo exterior, donde el individuo debe cumplir expectativas para ser valorado, en terapia el sujeto es recibido sin juicios. Esta aceptación permite romper con la alienación del deseo del otro y comenzar a reconstruirse desde la autenticidad.
5 Nhat Hanh, T. El corazón de las enseñanzas de Buda. Barcelona: Oniro, 2005. En el budismo, el deseo es visto como la causa del sufrimiento. La noción de tanha se refiere al ansia de poseer o de ser algo distinto, lo que genera una insatisfacción perpetua. Tanto el budismo como el psicoanálisis coinciden en que la conciencia del deseo permite una mayor libertad interior.